Durante un tiempo parecían felices. Diego prosperaba en su despacho de arquitectura y colaboraba con una organización que desarrollaba vivienda accesible para familias de bajos ingresos. Lorena, en cambio, vivía pendiente de ascensos, comparaciones, contactos y apariencias. Hablaba de colegas con mejores casas, autos más caros, vacaciones más exclusivas. Diego se reía y decía que él ya era feliz. Ella respondía que ser feliz no era suficiente, que había que aspirar a más.
La tensión no explotó de golpe. Creció como la humedad detrás de una pared.
Unas semanas antes de morir, Diego me llamó dos veces tarde por la noche. En ambas sonaba cansado. En ambas parecía querer decirme algo. En ambas terminó cambiando de tema. Yo cometí el error de respetar su silencio. Pensé que, como hombre adulto, resolvería sus propios problemas. A veces las madres creemos que no invadir es una forma de amar. A veces también es una forma de llegar demasiado tarde.
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