Parpadeó, desconcertado.
—¿De qué hablas?
Me puse de pie.
—De que no tienes una opinión propia. Y eso me dice todo lo que necesito saber.
Su risa fue corta y seca.
—No seas dramática.
No respondí. Porque si respondía, sabía que iba a terminar explicando, traduciendo, suavizando, pidiéndole a alguien que me eligiera después de haberme dicho que era opcional.
Esa noche dormí en la orilla de la cama, mirando al techo, mientras él respiraba a mi lado como si nada importante hubiera pasado. A media noche se dio la vuelta y murmuró:
—Sigues enojada.
Leave a Comment