No me faltaba el aire.
De hecho, me sentía más ligera de lo que me había sentido en años.
Porque Martín no sabía algo. Nadie en ese edificio lo sabía. Dos semanas antes, mi vida había cambiado de una manera tan grande que todavía me costaba nombrarla sin que se me erizara la piel.
Giré la vista hacia la foto enmarcada que estaba en mi escritorio. Mi padre sonriendo, tijeras en mano, el día en que inauguró la primera oficina regional de la empresa. La misma empresa de la que acababan de “liberarme”.
Pasé los dedos por el borde del marco.
—Me dijiste que esperara, papá —murmuré—. Y esperé.
Guardé mis cosas sin prisa: una taza navideña que me regaló mi equipo, un cuaderno lleno de ideas que jamás sobrevivieron al escritorio de Martín, un bolígrafo antiguo de mi padre. Afuera, la oficina hervía de rumores silenciosos. Algunos compañeros me miraban con lástima. Otros fingían no verme. Nadie preguntó nada, pero podía leerlo en sus caras: ¿Qué hizo mal? ¿Por qué la sacaron?
Salí del edificio con una sonrisa pequeña y educada. Cuando el sol me golpeó la cara, saqué el teléfono y le escribí un solo mensaje al abogado de mi familia.
Es hora. Prepáralo todo.
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