—No seas dramática. Digamos que te estamos liberando de tu puesto con efecto inmediato.
Ni una advertencia. Ni una evaluación de desempeño. Ni una palabra sobre el hecho de que mi departamento acababa de entregar el mayor crecimiento de ingresos en tres años. Nada. Solo aquel discurso disfrazado de lenguaje corporativo, cargado de la misma idea rancia de siempre: una mujer eficiente es útil, pero no necesariamente digna de liderar.
—Entiendo —dije, con la voz neutra—. ¿Puedo saber por qué?
Martín cruzó los brazos.
—Te faltan visión, presencia, firmeza. Administras tareas, pero no personas. Y seamos sinceros, esta industria necesita liderazgo fuerte. Carácter. Seguridad. Rasgos que tú no has demostrado.
Ahí estaba. No del todo explícito, pero clarísimo. No me consideraba menos capaz por mis resultados, sino porque no encajaba en el molde masculino y ruidoso que él veneraba. No gritaba. No interrumpía. No convertía cada reunión en una competencia de egos. Para él, eso significaba debilidad.
Asentí lentamente, como si me hablara del clima.
—Muy bien.
Leave a Comment