Mi jefe me despidió abruptamente sin previo aviso; no tenía ni idea de que yo poseía en secreto el 90% de las acciones de la empresa.
Iba por la mitad del informe trimestral de ventas cuando Martín Salgado irrumpió en mi oficina como si la puerta le perteneciera. Ni un toque, ni un “¿puedo pasar?”, ni la más mínima cortesía. Entró con ese paso pesado y calculado de los hombres que creen que el ruido también es una forma de autoridad. Lanzó una carpeta sobre mi escritorio y me miró desde arriba, con la barbilla levantada.
—La típica Elena —soltó con desprecio—. Siempre escondida detrás de números. Tenemos que hablar. Ahora.
Levanté la vista con calma. Siempre lo hacía. Cuatro años trabajando bajo su mando me habían enseñado que, en ciertos ambientes, perder la compostura era regalarle a otro el control de la escena.
—Claro —respondí, señalando la silla frente a mí.
No se sentó. Martín nunca se sentaba cuando quería intimidar. Prefería quedarse de pie, invadiendo el espacio, obligando al otro a mirar hacia arriba.
—El consejo decidió reestructurar el liderazgo —dijo—. Vamos en otra dirección. Y, francamente, necesitamos gente que sepa liderar, no solo ordenar hojas de cálculo.
Parpadeé una vez. Solo una.
—¿Me estás despidiendo?
Sonrió con esa satisfacción torpe de quien cree haber dado el golpe final.
Leave a Comment