El resto de mi vida se volvió estructura. Trabajo, casa, hijo. Renové la vivienda de mi madre poco a poco, sin deudas absurdas, sin presumir nada. Convertí su cuarto en un estudio. Hice de la cocina un lugar luminoso. Pinté el cuarto de Emiliano de azul claro. Cuando él dibujaba, siempre me hacía grande, sonriente, parado frente a edificios.
A los cinco años del funeral, yo ya dirigía proyectos de infraestructura en Querétaro, Monterrey y Guadalajara. Un día una revista del sector publicó un perfil sobre mí: “Carlos Navarro, el ingeniero que reconstruye sin hacer ruido”. Francisco enmarcó el artículo sin pedirme permiso y se lo enseñó a medio mundo. Una de esas personas se lo hizo llegar a Jimena.
Me enteré tres semanas después, cuando Emiliano dijo desde el asiento trasero del coche, con esa crueldad inocente que solo tienen los niños:
—Mamá lloró cuando vio tu foto, papá.
Seguí manejando.
—¿Sí?
—Dijo que te veías diferente.
Apreté el volante.
—¿Diferente cómo?
Él miró por la ventana.
—Feliz.
Había sacado cuatro certificaciones, había cerrado contratos millonarios, había trabajado de madrugada, me había tragado años enteros de cansancio y disciplina. Y mi hijo resumió todo eso en una palabra.
Feliz.
Jimena apareció una mañana a la salida del colegio de Emiliano. Estaba junto a la reja, intentando fingir que no esperaba a nadie. Se veía cansada de esa manera que ninguna ropa cara logra esconder.
Dio un paso hacia mí.
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