Y ahí estaba ella, diez pasos al frente, dentro de un ataúd de madera sencilla. Y Jimena eligió exactamente ese momento para dejarme.
No el día anterior. No la semana siguiente. Ese momento.
Como si lo hubiera calculado. Como si supiera que yo estaría demasiado roto para correr detrás de ella.
Tenía razón.
Yo estaba de pie con mi hijo Emiliano, de apenas seis meses, pegado a mi pecho. Había nacido seis semanas antes de tiempo y todavía conservaba esa fragilidad terca de los niños que llegan al mundo peleando por quedarse. Yo sentía su corazón pequeño latiendo contra el mío mientras miraba el espacio vacío a mi lado.
No lloré. No dije su nombre. Solo apreté a mi hijo con más fuerza, levanté la vista hacia el ataúd de mi madre y tomé una decisión silenciosa que nadie en esa iglesia escuchó.
Yo también había terminado.
La gente cree que el final de un matrimonio es el portazo, la frase cruel, la salida dramática. Nadie habla de lo que viene después. Nadie pregunta qué pasa un martes a las dos de la mañana, cuando un bebé prematuro grita sin parar, la fórmula se derrama sobre el traje negro del funeral, tu madre acaba de morir y la casa todavía huele al perfume de la mujer que se fue.
Esa fue mi vida durante cuatro meses.
Emiliano despertaba cada tres horas. Yo iba al trabajo con los ojos rojos, regresaba corriendo, preparaba biberones, esterilizaba mamilas, revisaba la fiebre, lavaba ropa, dormía a ratos en una silla. Mi amigo Francisco apareció tres semanas después del funeral. Se quedó parado en la puerta, mirando las latas de fórmula, la pila de ropa sin doblar y el horario de alimentación pegado con cinta al refrigerador.
—¿Dónde está Jimena? —preguntó.
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