La luz dorada de la tarde entraba por la ventana. Ricardo, mi esposo, el hombre que me había besado en la mejilla esa misma mañana diciendo que tenía una reunión con clientes, estaba sentado en la orilla de la cama. Sostenía una cuchara con compota de manzana y se la acercaba a la boca a una muchacha pálida, delgada, con el cabello recogido y la piel casi transparente sobre las sábanas blancas.
No fue solo el acto de alimentarla lo que me rompió.
Fue la ternura.
La forma en que le limpió la comisura de los labios con una servilleta.
La forma en que inclinó la cabeza para decirle algo al oído.
La sonrisa pequeña y confiada con la que ella lo miró.
Era la misma mirada que él me dedicaba a mí cuando me enfermaba. El mismo cuidado. La misma devoción. El mismo amor que yo creía exclusivamente mío.
Entonces lo vi.
En su muñeca brillaba el reloj plateado que yo le había regalado para nuestro aniversario número treinta. Había trabajado turnos extra durante tres meses para comprárselo. En la parte trasera mandé grabar: “Siempre tuya, Elena”.
Mi regalo.
En el cuerpo de mi esposo.
Mientras alimentaba a otra mujer.
Cuando nuestros ojos se encontraron, el color se le fue del rostro.
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