Fui a visitar a la amante de mi marido al hospital. Cuando entré en su habitación…

Fui a visitar a la amante de mi marido al hospital. Cuando entré en su habitación…

Y en ese instante, la mujer que yo había sido hasta entonces dejó de existir.

Los pasillos del Hospital San Gabriel, en Querétaro, olían a cloro, suero y derrota. Las luces blancas del techo hacían que todos parecieran enfermos, incluso los visitantes sanos. Yo conocía bien ese mundo. Había trabajado como enfermera casi toda mi vida. Había acompañado partos, despedido moribundos, calmado madres histéricas y sostenido manos heladas a las tres de la madrugada.

Creí haber visto todas las formas del dolor.

No había visto esta.

La habitación 212 estaba al fondo del ala de medicina interna. Durante tres semanas repetí ese número en mi cabeza como una maldición. Doscientos doce. Ahí estaba la mujer llamada Renata Salas, veintinueve años. Eso era todo lo que sabía de ella antes de entrar. Veintinueve. Ni siquiera había nacido cuando conocí a Ricardo. Cuando yo ya le planchaba las camisas, le cosía los puños descosidos y trabajaba dobles turnos para que él pudiera pagar los cursos con los que levantó su despacho financiero.

Respiré hondo antes de abrir la puerta. Quise entrar con dignidad. Quise preguntarle una sola cosa: ¿valió la pena destruir una familia?

Pero lo que vi me dejó sin aire.

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