Condujo hacia el fondo del valle.
La vieja casa de labor apareció entre la neblina como un recuerdo que se negara a morirse. El techo vencido, las contraventanas torcidas, la hiedra trepando por los muros. Pero fue el granero lo que le apretó algo en el pecho. Allí había pasado las tardes más felices de su infancia. Allí aprendió a cambiar una llanta, a engrasar poleas, a escuchar sin miedo el silencio del campo.
Empujó la puerta.
Las bisagras se quejaron con un lamento largo. El olor la golpeó de inmediato: heno húmedo, aceite viejo, madera cansada y óxido. Bajo esa mezcla seguía vivo un rastro tenue y familiar: el perfume limpio del jabón que usaba su padre después de arreglar tractores.
Mayra se quedó quieta unos segundos, dejando que el lugar la reconociera.
—Parece que nadie te cuidó en años —susurró.
Encontró una escoba vieja junto a una pared y empezó a limpiar.
Trabajó durante horas. Cada saco vacío, cada cubeta abollada, cada herramienta olvidada le devolvía un pedazo de memoria. El sol, al asomarse por fin entre las nubes, entró en rayas doradas por las rendijas del techo y convirtió el polvo suspendido en algo casi hermoso.
A mediodía encontró una viga marcada con unas iniciales talladas toscamente: R.M. + M.M. Su padre y ella. Lo habían grabado cuando Mayra tenía diez años y estaba orgullosa de poder levantar un martillo sin ayuda. Sonrió sin querer. Debajo de las letras, la madera parecía astillada, como si alguien hubiera forzado algo.
Iba a inspeccionarla cuando oyó el sonido de unas llantas sobre la grava.
Se agachó por instinto y miró a través de una separación entre tablas.
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