Entonces llegaron las camionetas negras.
Frenaron de golpe frente al hospital. Bajaron tres hombres de traje oscuro y caminaron hacia la camilla con una seguridad silenciosa que hizo que hasta los enfermeros se apartaran. El jefe médico, un hombre de cabello entrecano que hasta ese momento solo parecía ocupado en salvar una vida, miró a Julián de lejos y dijo en voz baja:
—No debiste tocarla.
Julián no entendió el tono de aquella frase. Todavía no.
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