Zaira cayó de rodillas primero. Luego las palmas. Después el peso de su cuerpo y de su vientre de ocho meses se estrelló contra el pavimento mojado.
Su suegra, Leonor, sonrió con una satisfacción fría desde la entrada del edificio. A un lado, Fabiola —la amante de Julián— sostenía el celular en alto, grabándolo todo con esa crueldad vulgar de la gente que confunde tragedia con espectáculo.
Los paramédicos corrieron hacia Zaira mientras la lluvia le empapaba el cabello y la ropa. Ella no gritó. No lloró. Solo apretó con fuerza el colgante dorado que llevaba al cuello: una cabeza de león con un pequeño diamante en un ojo.
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