Guardaba silencio, pero no por resignación. Era una forma de resistencia, una forma de hablar con Dios sin ser interrumpida. Cada noche, antes de dormir, se arrodillaba en el suelo frío y susurraba solo una frase: “Dame fuerzas para no odiarla.” Mercedes no solo le robó la tranquilidad, también le quitó lo poco que su padre le había dejado, unas joyas de su madre, un terreno en las afueras y parte del negocio textil.
Todo fue transferido poco a poco gracias a un abogado que le debía favores. Los papeles se firmaron sin que Isabela lo supiera, sin testigos, sin justicia. “Todo esto me lo gané”, le dijo una tarde mientras le arrojaba una toalla sucia. “Si no te gusta, ya sabes dónde está la puerta.” Pero ella no tenía a dónde ir. El pueblo la ignoraba.
Los amigos de su padre desaparecieron. Nadie quería enfrentarse a Mercedes, la mujer que ahora manejaba el negocio, que sonreía en misa y repartía favores con interés. En la calle muchos decían, “Pobre Isabela, pero mejor no meterse.” La joven tragaba lágrimas como si fueran parte de su alimento diario y sin embargo no se quebraba.
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