Fue entonces cuando comprendió que todo había sido planeado, que no era un accidente, que la pastilla, el colchón, el encierro, todo estaba preparado. Verónica lo había hecho con intención. Ulises también estaban arriba viviendo su vida como si nada mientras ella era enterrada viva bajo sus pies.
Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas sin control, no por el miedo, sino por la tristeza. Una tristeza tan profunda que dolía más que cualquier golpe, más que cualquier traición.
Había criado a su hija sola, había trabajado desde joven, había sacrificado todo por ella. Y ahora, ahora era una carga que debía desaparecer, una voz menos en la casa, un cuerpo menos en la mesa.
El tiempo dejó de tener sentido ahí dentro. No sabía si era de día o de noche. No sabía cuántas horas habían pasado desde que despertó. solo sabía que el aire se volvía más denso, que su cuerpo dolía por la rigidez del suelo y que su corazón latía con un ritmo desordenado, como si también quisiera rendirse, pero no lo hizo.
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