Una televisión encendida, el sonido de una telenovela o quizás de un noticiero mezclado con risas enlatadas. Estela sintió una punzada en el pecho al reconocer que estaba justo debajo de su casa, del lugar donde había vivido por años y que arriba la vida continuaba como si nada.
Gritó con más fuerza. Golpeó la pared con los puños clamando por ayuda, por compasión, por una explicación. Sabía que la tele estaba encendida porque alguien estaba allí, porque su hija y su yerno estaban allí.
gritó hasta quedarse sin voz, hasta que sus manos ardían por los golpes, hasta que la garganta le dolía como si hubiera tragado fuego. Y entonces la escuchó. La voz de Verónica no bajó al sótano, no se acercó a verla, pero su voz bajó como un cuchillo por las rendijas invisibles de ese encierro.
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