Esa misma tarde apareció en mi puerta.
Sin traje.
Sin sonrisa.
Sin orgullo.
—¿Qué hiciste? —preguntó con la voz rota.
Lo miré con calma.
—Nada —respondí—. Solo te di exactamente lo que pediste.
Negó con la cabeza.
—Esto es una locura… estoy endeudado hasta el cuello…
—No —lo interrumpí—. Siempre lo estuviste.
Solo que ahora… ya no estoy yo para sostenerlo.
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