Entonces recordó aquel día de abril en que vio a Ashley Monroe salir de aquel edificio, ajustándose la blusa y sonriendo como alguien que por fin había conseguido lo que quería.
Ashley había sido su compañera de universidad, una mujer que siempre había admirado su vida con demasiada atención, y ahora esa admiración se había transformado en algo mucho más destructivo.
Unos golpes en la ventana la hicieron retroceder, y allí estaba él, Gregory Hale, vestido con un traje impecable y una sonrisa segura que ahora parecía una máscara.
A su lado estaba Ashley, con un elegante vestido y tacones que resonaban en el pavimento mojado con calculada seguridad.
—¿Entramos? —preguntó Gregory cortésmente, aunque su tono denotaba impaciencia.
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