Su tono no denotaba temblor, pero algo en sus ojos color avellana había cambiado desde el día en que descubrió la verdad sobre su marido; algo más agudo y frío que ya no anhelaba amor.
Su teléfono vibró y apareció un mensaje de su abogada, que decía que todo estaba listo tal como lo habían planeado y que solo tenía que confiar en el proceso.
Sonrió levemente al oír la palabra “confiar”, porque después de todo lo que había vivido, esa palabra le resultaba casi extraña y con un toque de ironía.
“Dame cinco minutos”, susurró mientras cerraba los ojos y respiraba hondo, dejando que los recuerdos afloraran sin perder la compostura.
Recordó los recibos de alquiler ocultos, las reuniones nocturnas que siempre sonaban ensayadas y las llamadas que terminaban en cuanto entraba en la habitación.
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