A las siete de la mañana tocaron mi timbre.
Fuerte.
Insistente.
Abrí.
Ahí estaban.
Mi hijo.
Su esposa.
Y mis dos nietos.
Mi hijo parecía molesto.
—¿Qué pasó con el dinero?
Lo miré en silencio.
—No entró el pago del alquiler.
—La tarjeta fue rechazada.
—¿Hubo un error?
Negué con la cabeza.
—No.
Su esposa cruzó los brazos.
—Entonces arréglalo.
Respiré profundo.
—Ayer me dijiste que no me metiera con ustedes.
Silencio.
—Estoy obedeciendo.
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