—“Terminó.”
Sus ojos brillaron.
Pero no de amor.
De ambición.
—“¿Ya lo recibiste?” preguntó casi sin disimular.
Asentí.
Esa noche me abrazó más que en años.
Habló de viajes, de sueños, de empezar “una nueva vida juntos”.
Yo también hablé.
Pero no de lo que él pensaba.
A la mañana siguiente, fui al banco.
El dinero no entró en nuestra cuenta conjunta.
Lo transferí a un fideicomiso personal.
A nombre mío.
Con asesoría legal.
Con cláusulas blindadas.
Y luego hice una segunda llamada.
Al mismo abogado con el que él había hablado.
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