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Agua con fosfatos y sodio: inyectada para conservar y dar “peso” a la carne.
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Residuos de antibióticos: usados en granjas para prevenir enfermedades en criaderos intensivos.

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Hormonas de crecimiento (en algunos países aún se utilizan).
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Cloro o peróxido: empleados en el lavado industrial de los pollos.

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Conservantes que alargan la vida útil en el supermercado.
Aunque en cantidades legales suelen estar regulados, muchos consumidores prefieren minimizar su ingesta.

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