Ese día debía ser perfecto.
Mi hija me había regalado el viaje de mis sueños.
Un destino que siempre quise conocer… y que pensé que nunca podría permitirme.
Tenía la maleta lista, los documentos en la mano y el corazón lleno de ilusión.
El taxi ya estaba esperando frente a mi casa.
El conductor no bajó.
Solo encendió las luces y tocó el claxon una vez.
Me acerqué.
Puse la mano en la puerta.
Y entonces…
—¡NI SE TE OCURRA SUBIRTE A ESE AUTO!
Me giré sobresaltada.
Mi vecino, Don Ernesto, salió corriendo desde los arbustos, pálido, agitado, con los ojos llenos de miedo.
—Ven… ven rápido a mi casa —me dijo casi susurrando—. Hace una hora vi algo… y no me gustó nada.
Sentí un escalofrío.
—¿De qué hablas?
—Solo ven.
Miré el taxi.
El conductor seguía sin moverse.
Sin saludar.
Sin mirarme.
Algo no se sentía bien.

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