Mientras todos creen que la abuela las freía, la verdad es que la mayoría solo las sellaban ligeramente, apenas un doradito para evitar que se deshagan.
Luego, el verdadero truco era dejarlas cocinar lentamente dentro de la salsa, absorbiendo cada sabor.
Resultado: albóndigas tiernas, jugosas y bien integradas con la salsa.
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