Cuando ocurre el cese de funciones vitales, el alma no muere. Se desprende con ligereza, como si despertara de un largo sueño.
Hay quienes describen ese momento como un suave despegue, donde ya no hay dolor, ni angustia. Solo hay paz, claridad y ligereza.
En esos primeros segundos, el alma observa su cuerpo, muchas veces desde arriba, con una mirada de compasión.
No hay miedo. No hay sorpresa. Hay comprensión. Es como si recordara su verdadero origen.
Leave a Comment