María se incorporó con dificultad, limpiándose el polvo. Solo quería alejarse antes de que alguien le hiciera preguntas.
—Señorita. Espere.
La voz del anciano era fuerte, autoritaria incluso entre jadeos.
María se volvió.
Ahora que lo veía de cerca, él rondaría los setenta. Vestía un traje de impecable corte gris oscuro, camisa blanca, zapatos caros. Incluso recién salvado de un accidente, tenía la espalda recta y una manera de mirar que exigía atención.
—Me ha salvado la vida —dijo.
—No es nada.
—Está herida.
—Son rasguños.
Ella dio medio paso atrás. Entonces el anciano fijó la vista en su cuello. El colgante de jade blanco que María llevaba pegado al pecho, su único recuerdo de su madre, se había deslizado hacia fuera por el golpe.
Y el rostro del anciano cambió.
La gratitud se volvió asombro.
Después incredulidad.
Luego algo más profundo.
—Ese colgante… —susurró—. ¿De dónde lo ha sacado?
María lo cubrió instintivamente con la mano.
—Era de mi madre.
—¿Su apellido es Torres?
La pregunta le cortó la respiración.
—Sí. ¿Cómo lo sabe?
El anciano dio un paso inestable hacia ella, ignorando a su asistente, que intentaba sujetarlo.
—Detrás del jade —dijo con la voz temblorosa—, ¿hay una letra diminuta grabada? Una C.
María sintió que el mundo se inclinaba otra vez.
Su madre le había hablado de aquella marca casi invisible. Un recuerdo viejo. Una señal que venía de antes de que María naciera.
—¿Quién es usted?
Los ojos del hombre se humedecieron.
—Hija… ¿tu madre se llamaba Carmen Torres?
El nombre cayó sobre María como un trueno.
Carmen Torres. Su madre. Muerta cuando ella tenía diez años. El nombre que casi nadie pronunciaba ya.
Todo el ruido de la plaza desapareció.
—Usted conoció a mi madre —dijo María, sin reconocer del todo su propia voz.
El anciano cerró los ojos un instante, conteniendo algo que parecía más antiguo que el dolor.
—Más que conocerla.
Luego se volvió hacia el hombre más joven que lo acompañaba, un sujeto de treinta y tantos años de expresión aguda, impecable, silencioso como una sombra.
—Alonso —ordenó—. Lleve a esta señorita al médico y luego a casa.
María retrocedió.
—No voy a irme con desconocidos.
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