La echaron de su casa en pleno invierno—pero lo que construyó en la CUEVA dejó a todos sin palabras…

La echaron de su casa en pleno invierno—pero lo que construyó en la CUEVA dejó a todos sin palabras…

La del cuñado de Ramón, la de dos vecinas con cuartos disponibles, la del hombre que arrendaba la casa vieja al final de la calle del Molino. En ninguna encontró lo que necesitaba, que no era caridad, sino una posibilidad real.

El cuñado le ofreció un cuarto para ella sola, sin los niños, como si eso fuera una solución. Las vecinas pusieron precios que ella no podía pagar. El arrendador le dijo que sin un hombre que firmara el contrato no había trato y lo dijo sin mala intención, que era casi peor.

En la mañana delto día, Consuelo dobló la manta de lana que había sido de su padre. envolvió dentro de ella la olla de hierro, los documentos guardados en una caja de madera, el pan que quedaba y el queso curado que había comprado el jueves en el mercado de Mieres.

Vistió a los cuatro niños con todo lo que podían llevar puesto y salió antes de que la aldea despertara del todo. No dejó una nota ni cerró la puerta con llave porque la llave no era suya.

Subió la encosta hacia el norte, hacia donde los castaños y los robles empezaban a cerrar el camino y las casas quedaban atrás. Conocía ese monte desde niña. Lo había subido con su padre incontables veces mientras él buscaba piedra buena para trabajar y sabía exactamente dónde el terreno era firme y dónde era trampa.

Marcos cargaba a Inés cuando la pequeña se cansaba. Elena no se quejó ni una sola vez. Tomás preguntó tres veces si faltaba mucho y las tres veces Consuelo dijo que no, aunque la tercera ya no era del todo verdad.

La grieta en la roca estaba donde ella recordaba, un poco más arriba del segundo recodo del barranco, en el punto donde los robles crecían tan juntos que el suelo debajo de ellos estaba seco, incluso después de tr días de lluvia.

La abertura tenía altura suficiente para un adulto de pie, fondo de 4 m y una pared trasera de roca maciza, sin una sola fisura visible. El suelo era irregular y olía a tierra y a humedad antigua, y no había nada dentro, excepto piedras sueltas y hojas secas arrastradas por el viento de algún otoño anterior.

Consuelo dejó el bulto en el suelo, se apoyó con una mano en la roca y se quedó mirando el espacio por un momento que no supo calcular después. Marcos estaba detrás de ella con Inés en brazos y no dijo nada, solo esperó.

Entonces, Consuelo se volvió hacia los cuatro hijos, miró el lugar una vez más y dijo, “Aquí, no como una pregunta ni como una disculpa, como quien clava una estaca.” La noticia llegó a la aldea antes del mediodía, como llegaban todas las noticias en Villanueva, por alguien que había visto a alguien que había hablado con alguien.

En el bar de Secundino, que estaba en la plaza frente a la fuente, los hombres que tomaban el vino de las 11 se rieron con ganas. Silverio Camba, que era carretero y tenía opinión sobre todo, dijo que la viuda del Ramón había perdido el juicio con el luto y que a ver cuántos días aguantaba ahí arriba con cuatro criaturas.

Alguien propuso apostar. Nadie propuso subir a ayudar. Doña Petra Calderón, la mujer del alcaide, lo comentó en el mercado con esa voz suya que sonaba a preocupación, pero tenía el tono exacto del escándalo.

Dijo que había niños de por medio y que alguien tendría que hacer algo, aunque ella tampoco especificó qué, ni se ofreció a hacerlo. El padre Celestino fue el único que subió de verdad dos días después, con las botas buenas y el gesto de quien cumple con una obligación.

se quedó mirando la grieta, miró a Consuelo que estaba acomodando piedras en el suelo y le dijo que Dios no había querido que los hombres vivieran en cuevas. Consuelo lo miró, asintió despacio y dijo, “Gracias, padre.

back to top