Un niño.
Pequeño.
Pálido.
Conectado a máquinas.
Pero vivo.
Valeria sintió que el mundo se rompía… otra vez.
—Mi hijo…
Se acercó lentamente.
Sus dedos temblaron al tocar su mejilla.
Caliente.
Real.
—Mamá… —susurró el niño, con los ojos apenas abiertos.
Valeria cayó de rodillas.
—Perdóname… perdóname por no protegerte…
Las lágrimas que no había derramado en tres años… salieron todas en ese instante.
Pero entonces…
Una voz sonó detrás de ella.
—Qué escena tan conmovedora.
Valeria se congeló.
Esa voz…
No podía ser.
Giró lentamente.
Sebastián estaba en la puerta.
Aplaudiendo.
Sonriendo.
Como un demonio.
—Pensé que tardarías más en encontrarlo.
Valeria se levantó.
Su mirada volvió a endurecerse.
—Fuiste tú.
—Claro que fui yo —respondió él con calma—. ¿De verdad creíste que dejaría que todos murieran?
Valeria temblaba de rabia.
—¡LOS LANZASTE AL RÍO!
—Sí —respondió él, sin emoción—. Pero uno… me servía.
El silencio fue mortal.
—¿Servía…?
Sebastián caminó lentamente hacia la cama del niño.
—Mi sangre. Mi heredero. El único que necesitaba.
Valeria sintió que el pecho le ardía.
—Eres un monstruo…
—No —respondió él—. Soy un hombre que hace lo necesario.
Valeria apretó los puños.
—¿Y los otros seis…?
Sebastián la miró directo a los ojos.
Y por primera vez…
No respondió.
Eso fue suficiente.
Valeria cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió…
ya no quedaba nada de la mujer que lloraba.
Solo quedaba… justicia.
—Entonces hoy… termina todo.
Sebastián rió.
—¿Tú contra mí?
Pero en ese momento…
Las luces del hospital se apagaron.
Sirenas.
Pasos.
Gritos.
Y una voz resonó en los pasillos:
—¡Policía! ¡Nadie se mueva!
Sebastián frunció el ceño.
—¿Qué hiciste…?
Valeria lo miró.
Tranquila.
Implacable.
—Te dije que esto apenas comenzaba.
Sacó un pequeño dispositivo.
—Tres años… grabando, investigando, esperando.
En la pantalla del dispositivo… aparecieron videos.
Pruebas.
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