Pero aquella noche, mientras limpiaba el pasillo de maternidad VIP, Marisela no pudo seguir siendo invisible.
Al otro lado de la puerta principal de la suite de parto estaba Valeria Cárdenas de Alcázar, esposa de Tomás Alcázar, uno de los empresarios más ricos del país. Dueño de una cadena de tecnología, hoteles y medios de comunicación, Tomás salía en revistas con relojes imposibles y trajes a la medida. Valeria, exmodelo y filántropa, aparecía en portadas inaugurando fundaciones y escuelas. Llevaban años intentando tener un hijo. Ese embarazo había sido noticia desde el primer trimestre.
Y ahora, después de cuarenta y un horas de labor, el bebé seguía sin nacer.
Doce especialistas habían entrado y salido de aquella habitación durante horas. Obstetras, perinatólogos, anestesiólogos, neonatólogos. Los mejores del país, decían todos. Algunos con entrenamiento en Houston, otros en Madrid, otros en Boston. Hombres y mujeres brillantes, impecables, agotados.
Nada había funcionado.
Marisela los escuchaba sin querer escuchar. No era chismosa. Era algo más profundo. Algo viejo. Algo que le vibraba en los huesos cada vez que una mujer estaba en trabajo de parto cerca de ella.
Había oído los monitores cambiar de ritmo. Había reconocido el tono de urgencia en las voces. Había notado el tipo de grito de Valeria: primero fuerte, luego desesperado, luego débil. Había escuchado frases sueltas cuando la puerta se abría.
—Sufre mucho dolor lumbar.
—El bebé no desciende.
—Cada pujo baja la frecuencia cardíaca.
—Si la metemos a cirugía así, la podemos perder.
Marisela cerró los ojos un segundo.
Sabía lo que pasaba.
No porque hubiera estudiado en una universidad. No porque tuviera un diploma colgado en la pared. Sino porque, antes de ser afanadora en un hospital privado, había sido partera en la Sierra Mixe de Oaxaca. Su abuela Jacinta le había enseñado desde niña a leer el vientre de una mujer con las manos, a escuchar la respiración de la madre, a entender cuándo el bebé venía bien acomodado y cuándo no.
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