—Fue Julián —dije—. Usó tu teléfono.
Ella abrió la boca para negarlo, pero no pudo.
—Él… me dijo que quizá sería bueno verte, luego dijo que tú habías cancelado… que no querías saber nada de mí…
María intervino entonces.
—Su mamá sí fue. Yo la detuve. Escuché a Julián hablar de un accidente.
Emilia la miró horrorizada.
—No.
Benjamín sacó las copias de los documentos falsos.
—Esto estaba preparado. Tus firmas. La de tu madre. Transferencias. Poderes.
Emilia tomó los papeles. Sus manos temblaban.
—Yo no firmé esto.
—Ni yo —dije.
Entonces Sara le hizo la pregunta que abrió la grieta definitiva:
—Emilia, ¿eres feliz?
Mi hija se quedó inmóvil.
El silencio se hizo pesado.
—¿Estás sana? —continuó Sara—. ¿O vives con miedo?
Los ojos de Emilia se llenaron de lágrimas.
—Él me protege —murmuró.
—¿De qué? —pregunté—. ¿De tu familia? ¿De tus amigas? ¿De tu propia madre?
Ella empezó a llorar.
No de forma dramática, sino como lloran quienes llevan demasiado tiempo aguantándose.
—Ya no sé qué creer —dijo—. Estoy muy cansada.
En ese momento el teléfono fijo sonó.
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