Me quedé sentada en la cama, con la lámpara encendida y las manos apoyadas sobre las rodillas, mirando las sombras de los muebles alargarse en la pared como si fueran recuerdos haciendo fila. A veces la memoria tiene paciencia. Espera años a que uno esté listo para mirarla de frente.
Observé mis manos. Esas mismas manos arrugadas que Elena despreciaba con tanto gusto. Las manos que cosieron uniformes escolares hasta la madrugada cuando Daniel entró a secundaria y el dinero no alcanzaba. Las manos que levantaron, poco a poco, una casa verdadera en medio del cansancio. Las manos que limpiaron la sangre de Roberto cuando empezó a enfermarse y que nunca, ni una sola vez, dejaron de trabajar aunque el cuerpo ya pidiera tregua.
Elena nunca quiso saber nada de eso.
Para ella yo era “la vieja”. El mueble antiguo que todavía no se rompe pero ya estorba con su sola presencia. Lo que nunca comprendió es que hay mujeres de mi generación a las que el mundo se les vino encima demasiado temprano, y por eso aprendimos a no quebrarnos en público. Nos hicieron de una madera dura. No de la que no siente, sino de la que aguanta.
En la mesita de noche tenía la fotografía de Roberto. No una grande, no una solemne. Una pequeña, de cuando él todavía estaba fuerte, con la camisa arremangada y la sonrisa de hombre bueno que se sabe cansado pero útil. La tomé entre las manos.
—Ya llegó el momento, viejo —le dije en voz baja.
Y entonces me fui hacia atrás, en el tiempo, hasta el día en que esa casa empezó a existir.
Daniel tenía diecinueve años. Estudiaba por las mañanas y trabajaba por horas en una ferretería por las tardes. Ganaba poco, pero lo llevaba con dignidad. Siempre fue un muchacho noble, agradecido, de esos hijos que no dan problemas grandes, pero tampoco saben defenderse cuando llega el momento. Roberto y yo hablábamos mucho de eso.
—Hay que dejarle algo seguro —me dijo una noche, mientras cenábamos frijoles y queso con tortillas calientes—. No quiero que el día de mañana ande rodando de renta en renta, dependiendo de gente que no lo quiera.
Así nació la idea de comprar la casa.
No era una mansión ni nada de eso. Era una casa amplia en una colonia tranquila, con patio trasero, una bugambilia en la entrada y suficientes cuartos para que, cuando vinieran los nietos, hubiera espacio de sobra. Nos metimos en deudas, claro. Sacrificamos vacaciones que nunca tuvimos, muebles nuevos que siempre pospusimos, comidas fuera que nomás veíamos de lejos. Pero la compramos. Y no para nosotros. Para él.
Luego vino la enfermedad de Roberto.
Todo cambió con una tos que no se iba. Luego estudios. Luego médicos. Luego diagnósticos dichos en voz baja como si eso los hiciera menos reales. Trabajé turnos dobles durante años. Yo me levantaba de madrugada, iba a la fábrica, regresaba, lo llevaba a sus consultas, hacía cuentas, pagaba cuotas, discutía con el banco cuando quisieron subir intereses, volvía a cocinar, volvía a lavar. Hubo días en que me quedé dormida sentada en una silla de la cocina con el uniforme puesto.
Pero nunca dejamos de pagar.
Ni una sola mensualidad.
Cuando Roberto empezó a darse cuenta de que no iba a mejorar, se volvió más callado, pero también más preciso. Una tarde me llamó a la mesa del comedor. Allí estaban los papeles, ordenados, y su pluma favorita.
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