Mi hermana, mis padres y su flamante viaje a Cancún valieron más para ellos que despedir a mi hijo de doce años; cuando volvieron de la playa, encontraron sus cosas apiladas, las cerraduras cambiadas, el dinero cortado y a una mujer que por fin dejó de ser su salvavidas…

Mi hermana, mis padres y su flamante viaje a Cancún valieron más para ellos que despedir a mi hijo de doce años; cuando volvieron de la playa, encontraron sus cosas apiladas, las cerraduras cambiadas, el dinero cortado y a una mujer que por fin dejó de ser su salvavidas…

No hay un dolor limpio.

Eso fue lo primero que entendí el día que enterré a mi hijo.

La gente habla del duelo como si fuera una cosa solemne, silenciosa, casi elegante. Como si una pudiera vestirse de negro, llorar bonito, recibir abrazos y luego empezar a sanar en una línea recta. Pero no. El duelo real es desordenado. Huele a café frío, a ropa guardada demasiado pronto, a almohadas que una no quiere acomodar porque todavía conservan la forma de una cabeza que ya no va a volver. El duelo se mete en la cocina, en el baño, en las grietas de la pared. Te acompaña al súper, te sigue al estacionamiento, se sienta contigo en la orilla de la cama y te mira fijo aunque cierres los ojos.

Cuando empezó todo, yo tenía treinta y siete años.

Ahora tengo treinta y ocho, y lo digo como si fuera una simple cifra, pero entre una edad y la otra cabe una vida entera. Una vida que se murió dos veces. Primero cuando el policía me dijo que Daniel no había sobrevivido al choque. Y luego, seis meses después, cuando la doctora Martínez me pidió que fuera al hospital porque el cuerpo de Tomás ya no pudo seguir peleando.

Me llamo Mariana Paredes.

Estuve casada con Daniel quince años. Él tenía treinta y nueve cuando murió. Trabajaba en un banco, siempre olía a loción fresca y a sol, y era de esos hombres que podían estar en una oficina toda la semana y aun así conservar algo del muchacho que se emociona con una mañana al aire libre. Le gustaba pescar con una devoción que a veces me daba risa. Podía pasarse tres días hablando de

Tomás tenía doce años y una forma de mirarme que todavía me duele recordar. Era un niño listo, pero no de esos que lo andan presumiendo. Era listo de manera tranquila. De los que entienden rápido y hacen preguntas incómodas para los adultos. Jugaba fútbol en la liga infantil del Deportivo, sacaba buenas calificaciones sin que yo tuviera que estarlo persiguiendo con la tarea, y tenía una risa que llenaba la casa como si alguien hubiera abierto una ventana.

Vivíamos en una casa bonita, sin lujos, en una colonia donde ya conocíamos a los vecinos, al señor de la tienda, a la muchacha de la papelería y al perro de la esquina que siempre se salía de su cochera. No era la gran vida de revista, pero era nuestra, y eso bastaba.

Además, Daniel tenía un departamento en la ciudad, en la colonia Juárez, que había heredado de su abuela. Estuvo vacío mucho tiempo porque no lo necesitábamos. A veces hablábamos de rentarlo, otras veces de venderlo, pero lo íbamos dejando. Cuando mi hermana Elena se casó con Jorge, las cosas se les pusieron difíciles.

Jorge trabajaba en una agencia de autos. Elena era recepcionista en una clínica dental. Ganaban poco, peleaban mucho y se la pasaban cambiándose de cuarto, de zona, de renta, de planes, de todo. Yo veía eso y me daba angustia por ella. Elena es tres años menor que yo, y aunque de niñas peleábamos como todas las hermanas, yo crecí con la idea de que debía protegerla. Mi mamá siempre decía que yo era la fuerte, la centrada, la que resolvía. Y a veces, cuando a una le repiten algo muchos años, termina creyendo que esa es su obligación natural.

Así que Daniel y yo les dijimos un día, como se dicen esas cosas en familia cuando una todavía cree que la sangre significa algo: “Múdanse al departamento. Sin renta. Nada más cuídenlo y vayan juntando para su propio lugar”.

Yo lo dije convencida.

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