Su Prometida Arrojó A Sus Padres A La Tormenta Para Ocultar Un Oscuro Secreto Que Destruyó A Toda La Familia

Su Prometida Arrojó A Sus Padres A La Tormenta Para Ocultar Un Oscuro Secreto Que Destruyó A Toda La Familia

“Mijo”, murmuró el anciano con los labios morados por el frío. “No queríamos molestarte. Don Chente nos dijo que ya vivías en esta casa tan grandota. Tocamos la puerta, pero la señorita tan elegante que salió nos dijo que no podíamos entrar, que este lugar no era refugio para gente como nosotros”.

El mundo de Mateo se detuvo. Se arrodilló sobre el asfalto helado, tomando las manos ásperas y congeladas de su madre. Doña Carmela lo miró con vergüenza, intentando ocultar sus huaraches mojados. “Perdónanos, mi niño”, susurró ella con la voz rota. “No quisimos avergonzarte frente a tus invitados ricos. Ya nos íbamos a la central de autobuses”.

Antes de que Mateo pudiera responder, las pesadas puertas de roble de la mansión se abrieron de par en par. Valeria apareció en el umbral, envuelta en un vestido de seda espectacular que brillaba bajo los candelabros. Su rostro, perfectamente maquillado, mostraba una mueca de asco absoluto. Detrás de ella, varios invitados de la alta sociedad mexicana se asomaban con copas de champaña, murmurando entre ellos.

“Mateo, ¿qué haces ahí tirado?”, exigió Valeria con voz fría y autoritaria. “Nuestros socios de Monterrey están esperando el brindis. Deja de perder el tiempo con esos pordioseros”.

“¿Pordioseros?”, la furia hirvió en la sangre de Mateo. Se puso de pie lentamente, protegiendo a sus padres con su cuerpo. “Valeria, ¿tú los echaste a la calle en medio de esta tormenta? ¡Son mis padres!”.

Valeria soltó una carcajada seca, sin una gota de remordimiento. “Ay, por favor, Mateo. ¿Tus padres? Dos campesinos desarrapados tocaron mi puerta. ¿Cómo iba a saber que venías de algo tan corriente? Míralos, no encajan con la imagen que hemos construido. Los saqué porque son una mancha para nuestra reputación”.

Los murmullos de los invitados se intensificaron. “Mira nada más, son unos indios”, susurró una mujer cargada de diamantes. “No sabía que Vargas venía de la miseria”, comentó otro empresario.

Don Hilario intentó levantarse apoyándose en la pared. “Vámonos, Carmela. Ya le arruinamos la fiesta al muchacho. Él ya es de otra clase”.

“¡De aquí no se va nadie!”, rugió Mateo, con una rabia que hizo eco en toda la calle.

Valeria bajó 2 escalones, cruzándose de brazos, lanzando una mirada que destilaba veneno puro, flanqueada repentinamente por Santiago, el mejor amigo y socio comercial de Mateo, quien sostenía una carpeta legal en las manos con una sonrisa macabra. La atmósfera se volvió asfixiante; nadie en esa mansión podía creer la pesadilla que estaba a punto de suceder…

PARTE 2

“Escúchame muy bien, Mateo”, siseó Valeria, señalándolo con un dedo acusador. “Si dejas que esa gente cruce la puerta de mi fiesta, yo me largo. Y no solo eso. El contrato de fusión de nuestras empresas, ese que está a 10 minutos de firmarse, se cancela. Tendrás que elegir: o tu patético pasado de pobreza, o nuestro imperio. Tú decides”.

Santiago, el hombre al que Mateo consideraba un hermano desde la universidad, dio un paso al frente y le entregó la carpeta. “Amigo, no seas estúpido”, dijo Santiago con un tono extrañamente calculador. “Piensa en los millones que hay en juego. Todos los inversionistas están adentro. Dales unos pesos a los viejos para que se vayan a un hotel barato y entra a firmar”.

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