Mi hermana, mis padres y su flamante viaje a Cancún valieron más para ellos que despedir a mi hijo de doce años; cuando volvieron de la playa, encontraron sus cosas apiladas, las cerraduras cambiadas, el dinero cortado y a una mujer que por fin dejó de ser su salvavidas…

Mi hermana, mis padres y su flamante viaje a Cancún valieron más para ellos que despedir a mi hijo de doce años; cuando volvieron de la playa, encontraron sus cosas apiladas, las cerraduras cambiadas, el dinero cortado y a una mujer que por fin dejó de ser su salvavidas…

Plana.

Como si yo le hubiera dicho que se me descompuso la lavadora.

—Necesito ayuda con el funeral —le dije—. No puedo hacer esto sola otra vez.

Y entonces dijo la frase que terminó de matar algo en mí.

—Pues eso va a ser un problema. No podemos ayudarte con eso y tampoco vamos a poder ir al funeral.

No entendí.

De verdad no entendí.

—¿Qué?

—Mañana volamos a Cancún con Elena y Jorge. Es un viaje familiar. Lo planeamos desde hace meses.

Era martes.

Mi hijo acababa de morir.

Y mi mamá me estaba hablando de Cancún.

—Mamá, mi hijo acaba de morir. Tu nieto acaba de morir. ¿Cómo que se van de viaje? Lo pueden mover.

—Claro que no —respondió, ya con tono cortante—. ¿Tú sabes cuánto dinero se gastó en esto? Ciento cincuenta mil pesos. No se puede reprogramar. Se pierde.

Sentí que me ardían las manos.

—¿Están escogiendo unas vacaciones sobre el funeral de Tomás?

—Mariana, tú eres una mujer fuerte. Vas a poder con esto. Así como pudiste con el funeral de Daniel. No nos necesitas ahí. Y la verdad, ese dinero no se puede tirar.

Y me colgó.

Yo me quedé viendo el teléfono como si fuera un objeto desconocido. Como si el mundo hubiera cambiado de idioma y yo ya no pudiera entender nada.

No me dio tiempo de procesarlo porque volvió a sonar. Era Elena.

—Mariana. Mamá me habló —dijo sin saludar—. Mira, sí, lo de Tomás está muy triste, pero no vamos a cancelar el viaje.

No sonaba triste. Sonaba fastidiada.

—Elena, es el funeral de Tomás.

Y me odié por sonar como si estuviera pidiendo permiso.

—Y lo siento, pero eso es tu problema, no el mío.

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