Y eso también fue acomodando algo dentro de mí.
Un martes de julio, la doctora Martínez me llamó al trabajo. Yo estaba revisando unos reportes fiscales cuando sonó el celular. Vi el nombre del hospital y sentí que me arrancaban el piso.
—Señora Paredes, soy la doctora Martínez. Necesito que venga al hospital lo antes posible.
No hizo falta más.
Conduje sin recordar bien el camino. Llegué con el corazón golpeándome la garganta. La doctora me esperaba afuera del cuarto, y por su cara supe todo antes de que abriera la boca.
—Señora Paredes, lo siento muchísimo. Tomás falleció hace aproximadamente una hora. Su cuerpo ya no pudo más.
Sentí un golpe físico.
De verdad físico.
Tuve que apoyarme en la pared porque las piernas me dejaron de obedecer.
—Pero estaba estable —dije, casi reclamando—. Ayer lo vi igual. Ayer…
La doctora tragó saliva.
—A veces con lesiones tan severas el cuerpo se rinde aunque por fuera parezca que todo sigue igual. No había nada más que pudiéramos hacer.
Entré al cuarto.
Tomás se veía tranquilo.
Dormido.
Como si fuera a despertar y a decirme “¿qué pasó?” con esa voz suya todavía medio infantil, todavía sin terminar de cambiar.
Lo abracé.
Lo abracé con cuidado, con miedo de lastimarlo aun cuando ya no podía sentir nada. Le besé la frente. Le dije perdón por cosas que no eran mi culpa. Le dije que lo amaba. Le dije que ojalá hubiera hecho más. Le dije que se fuera con su papá, que ya no peleara si estaba cansado, que no tuviera miedo.
Manejé de regreso a la casa y me senté en la sala durante horas.
Lloré hasta vaciarme.
Lloré hasta que ya no me salían ni sonidos.
Cuando por fin pude respirar sin sentir que me ahogaba, marqué a mis papás.
Mi mamá contestó.
—¿Bueno?
—Mamá. Tomás murió. Hoy.
Hubo una pausa.
—Ay, Mariana. Lo siento.
Su voz era plana.
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