Y supe, con una certeza que me dio miedo, que esa frase me iba a acompañar los siguientes seis meses.
Esa noche llamé a mis papás desde el pasillo del hospital. Mi mamá contestó con sueño y fastidio de persona a la que le despertaron la rutina.
—¿Mariana? Ya es tardísimo, ¿qué pasa?
—Mamá… —dije.
Y ya no pude decir más.
Lloré. Lloré como si me hubieran abierto algo por dentro con un cuchillo.
—Mi amor, ¿qué pasó? ¿Dónde estás? ¿Y Daniel?
—Hubo un accidente —logré sacar—. Daniel… Daniel ya no está. Tomás está en coma.
Hubo silencio.
Un silencio pesado. Doloroso. Más hiriente que si hubiera gritado.
Luego mi mamá dijo:
—No, Mariana. Ay, no. Vamos para allá.
Pero no fueron para allá en ese momento.
Llegaron hasta la mañana siguiente. Cansados, despeinados, raros, como si el dolor ajeno siempre los agarrara en mal momento. Mi papá me abrazó torpemente, con esa manera suya de tocar sin saber cómo sostener. Mi mamá me palmeó el hombro. Se quedaron menos de una hora. Preguntaron lo básico. Qué dijo la doctora. Cómo pasó. Qué sigue ahora.
Luego dijeron que tenían que irse porque necesitaban hacer llamadas y mover cosas.
—Te vamos a ayudar con los arreglos —me dijo mi mamá.
Yo me agarré de esa frase como si me hubieran aventado un salvavidas a un mar negro.
Al día siguiente los llamé para hablar del funeral de Daniel.
Porque incluso cuando el mundo se acaba, alguien tiene que escoger la funeraria, las flores, la sala, el ataúd, la hora de la misa, los papeles, la firma, el panteón. La muerte, además de dolor, viene llena de trámites, y eso me pareció una crueldad añadida.
La voz de mi mamá sonó distinta.
Lejana. Inquieta. Como si quisiera terminar rápido.
—Mariana, es que no vamos a poder ayudarte con los arreglos.
Me quedé en blanco.
—¿Cómo que no?
—Es que Elena y Jorge se mudan esta semana al departamento de Daniel y quedamos en ayudarles a acomodarse.
Recuerdo haber cerrado los ojos.
—¿Pero qué tiene que ver eso? Mamá, Daniel acaba de morir. Su funeral es más importante que andar acomodando cajas.
—Claro que sí —dijo rápido, como quien intenta quedar bien sin cambiar nada—. Pero ya lo prometimos y tú sabes cómo se pone Elena cuando le cambian los planes. Vamos a ir al funeral, no te preocupes, nada más no vamos a poder ayudarte con la organización.
Colgué y sentí una soledad que todavía hoy me cuesta explicar.
Mi esposo acababa de morir.
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