—Señora Paredes, lamento decirle esto, pero su esposo y su hijo estuvieron involucrados en un accidente grave esta tarde.
Las palabras me pegaron como si alguien me hubiera aventado un mueble al pecho.
—¿Están bien? ¿Dónde están? —pregunté de inmediato, y hasta me dio coraje que mi voz saliera tan normal.
El oficial bajó la mirada.
—El accidente ocurrió aproximadamente a las seis quince, de regreso, en un cruce con semáforo por la zona de Tecámac. Un conductor en estado de ebriedad se brincó la luz y se impactó del lado del conductor.
Yo ya no estaba respirando.
—Dígame nada más si están vivos —le dije, y ahí sí se me quebró la voz.
Hernández levantó los ojos y vi en ellos esa tristeza que trae la gente que tiene que entrar a casas ajenas a romper vidas.
—Su esposo falleció en el lugar. Lo siento mucho.
El mundo se quedó sin sonido.
No se apagó de golpe. Fue peor. Como si todo siguiera exactamente igual, el foco prendido, el ruido lejano de un coche, el reloj de la cocina, pero yo hubiera quedado separada del resto por un vidrio muy grueso.
Daniel muerto.
No.
No.
No.
Yo lo había besado en la mañana. Yo le había dicho “maneja con cuidado” como siempre. Tomás llevaba gorra azul. Daniel iba a regresar a contarme cuántos peces sacaron. Tomás iba a entrar a la casa hablando rápido, pidiendo agua, contando la historia mal y exagerando la parte donde casi se cae.
No.
—¿Y Tomás? —pregunté, o quise preguntar. No sé si de verdad salió así.
—El niño está vivo, pero en estado crítico. Tiene lesiones importantes, incluyendo traumatismo craneoencefálico. Por la póliza de su esposo fue trasladado al Hospital Ángeles Lindavista. Está en cirugía.
No recuerdo bien lo que pasó después.
Recuerdo que el oficial Salas me llevó en la patrulla porque yo no estaba en condiciones de manejar. Recuerdo el brillo rojo y azul rebotando en las banquetas. Recuerdo que Hernández manejó mi coche detrás. Recuerdo la entrada del hospital, las puertas automáticas, las luces blancas, la sensación de que yo caminaba dentro de una pesadilla muy limpia.
La doctora Martínez me recibió con una serenidad que le agradecí y odié al mismo tiempo. Me explicó que le habían quitado presión al cerebro, que estaba en coma inducido, que el pronóstico era reservado, que las próximas horas eran críticas. Me hablaba claro, sin edulcorar. Y una parte de mí, la parte que todavía funcionaba como adulta, valoró eso. Otra parte quería sacudirla y obligarla a decirme que todo iba a estar bien.
Cuando por fin me dejaron verlo, sentí que el aire se volvía una sustancia espesa.
Tomás se veía chiquito.
Demasiado chiquito.
La cama del hospital era enorme. Él estaba inmóvil, con tubos, vendajes, la cara inflamada, el cabello pegado por zonas donde le habían rasurado. Las máquinas a su alrededor sonaban como si hablaran un idioma extranjero que yo estaba obligada a aprender si quería seguir creyendo que había esperanza.
Me acerqué y le tomé la mano.
Todavía estaba tibia.
—Aquí estoy, mi amor —le dije.
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