Entró sin decir nada. Se sentó en la mesa de la cocina con las manos entre el cabello.
“Estoy cansado, mamá”.
Me senté frente a él.
“¿De qué, mi amor?”
“De todo. Del trabajo, de las presiones, de no ser suficiente”.
Le tomé las manos.
“Eres más que suficiente. No dejes que nadie te haga sentir lo contrario”.
Se quedó callado por un momento. Luego levantó la vista.
“Petra quiere que compremos una casa, pero no tengo suficiente dinero para el enganche. He estado buscando préstamos, pero las tasas de interés son altísimas”.
“Dale tiempo, mi amor. Ya va a llegar”.
“No sé si pueda esperar más. Ella está muy frustrada”.
Algo en su voz me dolió, como si la frustración de Petra fuera más importante que su propia paz.
“Matías, escúchame. No puedes vivir solo para complacer a alguien más, ni siquiera a tu esposa”.
Me miró sorprendido.
“Mamá, digo la verdad, el matrimonio es de dos”.
“Si ella no puede tener paciencia, entonces el problema no es tuyo, es de ella”.
Se quedó en silencio. Luego asintió, pero no parecía convencido.
Esa noche se quedó a dormir en su antigua habitación. Y por un momento todo fue como antes: mi hijo bajo mi techo, seguro, en paz.
Pero las cosas no mejoraron. Petra empezó a llamar a Matías a todas horas. Yo lo sabía porque, cuando él venía a visitarme, su celular no dejaba de sonar.
“Es Petra. Quiere que vuelva a casa”.
“Pero acabas de llegar”.
“Lo sé, mamá, pero está molesta. Dice que la dejé sola todo el día”.
Y se iba.
Cada vez que pasaba eso, yo me quedaba en la puerta viéndolo alejarse y sentía que lo estaba perdiendo más y más.
Dos años después de la boda, las visitas se hicieron cada vez más escasas. Matías solo venía una vez al mes. A veces ni siquiera eso. Cuando le preguntaba por qué, siempre tenía una excusa.
“Mucho trabajo, mamá”.
“Petra no se siente bien”.
“Tenemos compromisos”.
Y yo asentía, aunque por dentro algo se rompía cada vez más.
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