Y así, sin más, mis suegros, que ni siquiera eran míos sino de mi nuera, se mudaron a mi casa, a mi hogar, al lugar donde planté el limonero con mis propias manos. Y yo no pude hacer nada más que escuchar, escuchar cómo desmantelaban mi vida mientras yo luchaba por regresar a ella.
Pasaron más semanas o meses, no lo sé. El tiempo se volvió una mancha borrosa. A veces escuchaba a las enfermeras hablando sobre mí.
“Pobre señora, ya lleva tres meses así”.
“¿El hijo todavía viene?”
“Casi no, tal vez una vez por semana”.
“Qué tristeza estar sola así”.
Pero yo no estaba sola. Estaba rodeada de máquinas, de pitidos, de voces de extraños. Solo que no podía responderles.
4 meses, 5 meses, 6 meses.
Las visitas de Matías casi desaparecieron. Venía una vez cada dos semanas, a veces cada tres. Y cuando venía, solo se quedaba minutos.
“Hola, mamá. Sigo aquí. Petra y yo estamos bien. Los papás de Petra están cuidando tu casa. Está todo bien, todo bien, todo bien”.
Mientras yo estaba atrapada en la oscuridad, mientras extraños vivían en mi casa, mientras mi hijo me olvidaba poco a poco, todo bien.
Pero entonces algo empezó a cambiar. No sé cómo explicarlo. Fue como si una luz pequeña se encendiera en la oscuridad. Al principio no podía moverme, pero empecé a sentir. Sentí una mano tocando la mía, una enfermera, probablemente. Sentí el sol entrando por la ventana, tibio contra mi piel. Sentí el olor a desinfectante, a sábanas limpias.
Y luego, lentamente, empecé a escuchar más claro. Las voces ya no estaban amortiguadas, estaban nítidas.
“Sus signos vitales están mejorando”.
“¿Crees que pueda despertar?”
“Es posible. He visto casos así”.
Y entonces, un día, sentí que podía mover un dedo. Solo uno, pero era algo. Era una señal de que estaba volviendo.
No sé cuánto tiempo pasó entre ese primer movimiento y el momento en que finalmente abrí los ojos. Tal vez semanas. Pero un día simplemente lo hice.
Abrí los ojos. La luz era cegadora. Parpadeé varias veces tratando de enfocar. Había una enfermera en el cuarto revisando algo en una máquina. Cuando me vio despierta, sus ojos se abrieron enormes.
“Señora Magdalena, Dios mío”.
Corrió hacia la puerta.
“Doctor, doctora, despertó”.
Todo fue un caos después de eso. Doctores entrando, revisándome, haciéndome preguntas.
“¿Sabe dónde está?”
Asentí débilmente.
“¿Sabe su nombre?”
“Mag… Magdalena”.
Mi voz era un susurro ronco.
“Excelente. ¿Sabe qué mes es?”
No lo sabía.
El doctor sonrió.
“No se preocupe. Es normal. Ha estado en coma por 6 meses”.
Seis meses. Medio año de mi vida. Perdido.
“Vamos a llamar a su hijo”.
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