Miré las bolsas, marcas caras, zapatos, perfumes, cosas compradas con mis ahorros marcados. Con cada transacción estaban dejando un rastro fosforescente para el banco. Eran como niños caminando en lodo con zapatos blancos.
“Está bien, hija”, dije apagando la estufa. “Solo quería festejar con ustedes. Me alegra que el negocio vaya tan bien, tan rápido.”
“Va excelente, mamá”, dijo Julián evitando mirarme a los ojos. “Ya verás, en unos meses te devolvemos todo y más.”
Claro que sí”, añadió Vanessa, acercándose a mí y dándome unas palmaditas con descendientes en el hombro. Y no se preocupe por el dinero, nosotros sabemos administrarlo mejor. Usted descanse, vea sus novelas, déjenos a los jóvenes mover el mundo.
Sentí su tacto frío. Me costó no apartarme. Tienen razón, dije levantando la vista y mirándola a los ojos con una intensidad que la hizo parpadear por un segundo. Los jóvenes mueven el mundo, pero a veces, Vanessa, el mundo da vueltas muy rápido y uno se marea.
Ella frunció el ceño como si hubiera detectado una amenaza velada, pero enseguida lo descartó. Soy solo una vieja. ¿Qué amenaza puedo ser?
Bueno, nos vamos a dormir. Mañana tenemos un día ocupado gestionando la empresa dijo ella, haciendo comillas con los dedos y guiñándole un ojo a Julián.
Los vi salir de la cocina subiendo las escaleras hacia su habitación, cargados con sus compras y su arrogancia. Me quedé sola de nuevo con mi mole burbujeante. Apagué la luz de la cocina, pero me quedé allí en la penumbra, escuchando sus pasos en el piso de arriba, escuchando cómo se reían.
No sabían que mañana, cuando intentaran usar esas tarjetas o mover un solo centavo más, las luces rojas se encenderían en todas las pantallas del sistema bancario nacional. No sabían que el notario de la familia estaba redactando su expulsión de mi patrimonio.
Me serví un poco de mole en un plato pequeño y lo probé. Estaba perfecto, picante, dulce, complejo. “Buen provecho, Adelaida”, me dije a mí misma en la oscuridad.
La noche apenas comenzaba y yo tenía que preparar mi ropa para salir temprano. Mañana no me pondría el vestido de abuelita. Mañana me pondría mi traje sastre negro, ese que usaba para las asambleas del gremio de comerciantes, porque mañana no iba a comprar un local, mañana iba a recuperar mi vida.
La sonrisa de Vanessa seguía grabada en mi mente, pero ya no me dolía. Ahora esa sonrisa era el combustible de mi paciencia. Que duerman bien esta noche. Será la última noche que duerman tranquilos.
Me levanté a las 4:30 de la mañana, como si un reloj interno hecho de engranajes antiguos me hubiera sacudido el hombro. Mi cuerpo recordaba esa hora mejor que mi mente. Era el momento en que los camiones de carga llegaban al mercado de Veracruz, cuando el aire todavía estaba fresco y olía a mar y a tierra mojada.
Por un segundo olvidé el robo, olvidé la traición, pero al girar la cabeza y ver la puerta del armario entreabierta, la realidad me cayó encima como un saco de frijol de 50 kg. No me permití ni un segundo de lástima. Hoy no era día para llorar, era día para blindar lo que quedaba de mi imperio.
Me bañé con agua fría para despertar los nervios. Abrí el ropero y saqué el traje sastre negro que no usaba desde el funeral de mi esposo. La tela olía un poco a encierro y a flores secas de la banda, pero al ponérmelo sentí como mi postura cambiaba.
La chaqueta me quedaba un poco holgada en los hombros. Los años me han consumido un poco la carne, pero me abotoné hasta el cuello. Me miré al espejo y me recogí el cabello blanco en un rodete apretado, sin dejar ni un pelo suelto. Ya no parecía la abuelita que hace mole, parecía la mujer que podía cerrar un trato con una mirada.
Salí de la habitación en silencio. La casa estaba en esa quietud pesada de los que duermen sin conciencia. Pasé por la puerta del cuarto de Julián y Vanessa. Se escuchaban los ronquidos suaves de mi hijo. Dormían el sueño de los injustos, creyendo que el dinero robado les había comprado tranquilidad eterna.
Bajé las escaleras evitando el tercer escalón, el que siempre crujía. Salí a la calle justo cuando el sol empezaba a pintar de rosa las nubes sobre el golfo. No pedí taxi por aplicación. Caminé hasta la avenida y tomé uno de sitio, como siempre lo había hecho.
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