Vanessa colgó el teléfono con furia, tirándolo sobre el cojín. Es este banco tercermundista, exclamó mirándome con desdén. Seguro detectaron un movimiento grande ayer y por seguridad bloquearon todo. Son unos inútiles. Tengo que ir a la sucursal a gritarles un poco para que desbloqueen.
¿Seguro es eso? dije con una voz tan dulce que parecía almíbar envenenado. Los bancos son muy quisquillosos con el dinero que aparece de repente. Tienen sistemas muy inteligentes.
Vanessa me miró con los ojos entrecerrados como si intentara descifrar un idioma que no conocía. Por primera vez noté una chispa de duda en su arrogancia, pero la apagó rápido.
Ay, suegra, no empiece con sus teorías de conspiración. Es un trámite burocrático. Ahorita me arreglo y voy a arreglarlo. Julián, ve tú a la agencia de coches. Diles que el pago del anticipo se va a reflejar mañana, que no cancelen la reserva de la camioneta.
Me metí a la cocina y empecé a preparar mi desayuno. Unos huevos con chorizo bien picosos. El olor a grasa y chile llenó la casa. Escuché a Vanessa resoplar desde la sala. “¡Qué asco! Otra vez esa peste afonda!”, gritó. Julián, dile a tu madre que ventile.
Normalmente yo habría corrido a abrir las ventanas pidiendo disculpas, haciéndome pequeña. Hoy no. Hoy puse música en mi vieja radio, unos boleros de Agustín Lara. Subí el volumen solamente una vez. Amé en la vida. Me senté a comer en la mesa de la cocina disfrutando cada bocado.
Julián entró. Se veía ojeroso. Mamá, por favor, bájale a la música. Vanessa tiene jaqueca.
Esta es mi casa, Julián. Dije sin dejar de comer. Y en mi casa se escucha música y se come con sabor. Si a Vanessa le duele la cabeza, que se tome una aspirina o que se vaya a su empresa a descansar.
Julián se quedó helado. Abrió la boca para decir algo, pero la cerró. Nunca me había escuchado hablar así, no con gritos, sino con una autoridad absoluta.
Tranquila. ¿Estás? ¿Estás bien? preguntó confundido.
Estoy mejor que nunca, hijo. Tú estás bien. Te veo preocupado. El negocio de importación no va como esperaban.
Él desvió la mirada. La culpa le roía. Lo sabía. Pero su cobardía era más fuerte.
Son problemas técnicos. Nada grave. Oye, mamá, sobre el dinero. Sí, necesitamos que firmes unos papeles. El contador dice que como el origen de los fondos venía de tu cuenta, necesitamos una carta de donación para justificar el ingreso ante Hacienda y que no nos cobren tantos impuestos. Es un trámite nada más.
Dejé el tenedor sobre el plato. El sonido de la cerámica contra el metal fue seco. Definitivo. Ahí estaba la trampa final. Querían legalizar el robo para que si yo reclamaba después ellos tuvieran un papel firmado por mí diciendo que se los regalé.
Me limpié la boca con la servilleta de tela. Despacio, muy despacio. No voy a firmar nada, Julián.
Pero mamá, es necesario. Si no, Hacienda nos va a quitar una parte.
Pues que se la quiten. Ustedes son empresarios modernos, no sabrán cómo resolverlo. Yo, como dijo tu esposa, soy muy antigua para los negocios. Y mi firma ya no vale nada para ustedes, ¿o sí?
Julián se puso rojo. No te pongas difícil, ya lo tenemos. Solo es para regularizar.
Dije que no. Me levanté y llevé mi plato al fregadero. Y te aviso una cosa, Julián. Hoy vino el jardinero. Le dije que cambiara la cerradura del portón trasero. Las llaves que tienen ustedes ya no sirven para esa entrada.
¿Qué? ¿Por qué?
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