Agarré mi chamarra del respaldo de la silla y ella su bolso de piel. Los golpes en la puerta de madera se volvieron mucho más insistentes, más violentos. Sofía, no seas tonta ni dificultes las cosas. Solo queremos lo que es nuestro, lo que tu esposo nos robó antes de morir. Abrí la ventana con mucho cuidado, pero no había ninguna forma posible de bajar desde el tercer piso sin rompernos el cuello en el intento. La escalera de emergencia. Repeticia.
Salimos silenciosamente de la habitación, justo en el momento exacto en que escuché que alguien estaba forzando violentamente la cerradura con algo metálico. Corrimos por el pasillo oscuro hacia las escaleras y detrás de nosotros la puerta de madera se abrió de golpe con un estruendo. Bajamos las escaleras de emergencia tan rápido como nuestras piernas nos permitían. Sofía tropezó violentamente en el segundo piso y la agarré del brazo justo antes de que cayera de bruces. ¿Quiénes demonios son esos tipos?
Pregunté jadeando mientras seguíamos bajando escalones de dos en dos. No importa quiénes sean respondió ella sin aliento. Solo corre y no mires atrás. Salimos finalmente por la puerta trasera oxidada del hotel que daba directamente a un callejón oscuro y estrecho. El aire nocturno olía fuertemente a basura podrida y a humedad. Corrimos hacia la izquierda, alejándonos lo más posible de la avenida principal iluminada. Escuché gritos masculinos furiosos detrás de nosotros en la distancia y luego el sonido inconfundible de una camioneta arrancando con violencia.
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