Hay una verdad incómoda que el espejo no siempre nos dice: las manos envejecen antes que la cara. Y lo hacen sin pedir permiso, sin avisar, simplemente cumpliendo su función día tras día. Las lavamos, las exponemos al frío y al calor, las metemos en guantes de limpieza, las usamos para cocinar, para acariciar, para escribir. Y un buen día, mientras nos aplicamos crema en el rostro con la dedicación de quien cuida un jardín, levantamos la mirada y vemos nuestras manos como si no fueran nuestras: manchas que no estaban, piel más fina, venas que antes no se marcaban tanto.
Leave a Comment