El laurel no es bótox, ni falta que le hace. Su tesoro está en otra parte: en el alivio silencioso de una articulación dolorida, en la calma de un estómago revuelto, en el placer de un baño de pies después de una larga caminata. No compite con la medicina moderna, la acompaña. No promete milagros, ofrece pequeños gestos de cuidado que, repetidos con cariño, construyen una vida más amable. Aceptémoslo por lo que es: un aliado humilde y generoso que merece un lugar en nuestra cocina y en nuestro ritual de bienestar.
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