Todo era real.
No era una broma.
No era una coincidencia.
Había sido una elección.
Al día siguiente llegué temprano a la oficina.
Alejandro estaba en su despacho.
Toqué la puerta.
—Adelante.
Entré.
Él levantó la vista.
—Lucía, ¿necesitas algo?
Cerré la puerta.
Mi corazón latía fuerte.
Saqué el sobre.
El cuaderno.
Y la llave.
Los puse sobre su escritorio.
—Creo… que esto le pertenece.
Durante un momento no dijo nada.
Solo miró los objetos.
Luego tomó la carta.
Mientras la leía, su expresión cambió lentamente.
Primero sorpresa.
Luego incredulidad.
Y finalmente…
una emoción profunda que trató de ocultar.
Cuando terminó, levantó la vista hacia mí.
—¿Dónde encontraste esto?
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