Mi tía Esperanza dijo que era demasiado joven, que Roberto no tenía suficiente dinero para mantener una familia, pero por primera vez en mi vida alguien me hacía sentir importante. Roberto me escuchaba cuando hablaba.
Me preguntaba qué pensaba de las cosas. Volví a mi silla y miré el rostro de Edmund. A la luz tenue, su expresión parecía más serena de lo usual, como si estuviera teniendo un sueño agradable.
Miguel nació cuando yo tenía 23 años. Continué, mi voz volviéndose más suave. Fue el bebé más hermoso que había visto. Roberto estaba tan orgulloso que llevaba fotos en la billetera y se las mostraba a cualquiera que quisiera verlas.
La habitación se llenó de silencio por un momento, solo interrumpido por el zumbido constante de las máquinas. Recordar a Miguel como bebé me llenaba de una mezcla de amor y dolor que era difícil de procesar.
Eran buenos tiempos murmuré. Roberto trabajaba duro, pero siempre llegaba a casa a tiempo para bañar a Miguel y contarle un cuento antes de dormir. Los fines de semana íbamos al parque o Roberto le enseñaba a Miguel pequeños proyectos de electricidad en el garaje.
Me incliné hacia delante como si Edmund pudiera escucharme mejor. ¿Sabe qué me duele más? que Miguel no recuerda esos tiempos. Tenía solo 8 años cuando Roberto murió y creo que ha borrado esos recuerdos porque duelen demasiado.
La muerte de Roberto seguía siendo un tema difícil para mí, incluso después de tantos años. Había sido tan repentina, un ataque al corazón a los 35 años mientras trabajaba en un proyecto eléctrico.
Un día estaba allí riéndose de algo que Miguel había dicho en el desayuno y al día siguiente había desaparecido para siempre. Después de eso tuve que trabajar dos empleos le conté a Edmund.
De día era recepcionista en una oficina de contadores y por las noches limpiaba oficinas. Miguel se quedaba con los vecinos o solo en casa haciendo tareas. Me detuve para verificar los tubos de alimentación, una rutina que ya había memorizado perfectamente.
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