Isabel Romero, la maestra del pueblo, lo observó alejarse desde el fondo de la multitud. Apretaba los puños con tanta fuerza que sus nudillos se habían vuelto blancos. Conocía a Mateo desde la infancia. Sabía que era el más trabajador de los dos hermanos. El que siempre ayudaba a los vecinos sin pedir nada a cambio. Aquella injusticia le quemaba por dentro, pero también ella guardó silencio. Raúl era poderoso en el pueblo y enfrentarse a él tenía consecuencias. La chosa era peor de lo que Mateo recordaba.
El techo se había hundido parcialmente por un lado, dejando entrar la luz del sol y también la lluvia cuando llegaran las tormentas de otoño. Las paredes de adobe estaban agrietadas y el suelo de tierra compactada se había convertido en un lodasal en las esquinas donde se filtraba la humedad. No había puerta, solo una cortina de arpillera colgando de un clavo oxidado. Mateo dejó su jatillo en un rincón y se puso a trabajar. De inmediato recogió piedras del barranco cercano para reforzar los cimientos.
Cortó ramas de arbustos para improvisar un armazón que sostuviera el techo. Trabajó hasta que el sol se ocultó tras las colinas y las estrellas comenzaron a salpicar el cielo de Andalucía. Durante el día, Mateo buscaba trabajo donde pudiera encontrarlo. Cargaba agua para las casas del pueblo, ayudaba en la cosecha de aceitunas, limpiaba establos y reparaba cercas. Los vecinos le pagaban con unas monedas o con comida, a veces solo con palabras de aliento. Algunos lo miraban con pena, otros susurraban a sus espaldas que era una vergüenza, como su propio hermano lo había tratado.
Pero Mateo nunca se quejaba. Nunca hablaba mal de Raúl, simplemente trabajaba, ahorraba cada céntimo y poco a poco iba reconstruyendo aquella chosa que todos habían dado por perdida. El árbol seco se alzaba en el centro del pequeño terreno como un esqueleto gris contra el cielo azul. Sus ramas retorcidas no daban sombra ni fruto, pero Mateo lo trataba con un cuidado especial. Cada tarde, después de regresar del trabajo, limpiaba alrededor del tronco, quitando las piedras y las malas hierbas.
A veces se sentaba a su sombra inexistente y hablaba con él en voz baja, como si el árbol pudiera escucharlo. “No sé por qué te dejaron aquí”, murmuraba Mateo. “Pero voy a cuidarte igual”. Una tarde, Isabel apareció en el umbral de la chosa con una cesta de pan y un frasco de unento para las ampollas que cubrían las manos de Mateo. Se quedó mirando las mejoras que había hecho. El techo reparado, las paredes reforzadas, una pequeña huerta empezando a brotar junto a la entrada.
“No tenías que soportar esto”, dijo ella. “Había formas legales de reclamar tu parte.” Mateo negó con la cabeza mientras aceptaba el pan con gratitud. Si hubiera peleado, me habría convertido en él y eso sería perder mucho más que unas tierras. Mientras tanto, en la casa grande, Raúl organizaba una pequeña celebración para sus amigos más cercanos. Había vino, música y risas que llegaban hasta los confines del pueblo. Deliberadamente envió a uno de sus criados a pasar por delante de la chosa de Mateo para que su hermano menor escuchara los sonidos de la fiesta y supiera exactamente lo que se estaba perdiendo.
Leave a Comment