La ley de derechos civiles llevaba 10 años en vigor, pero en muchos corazones y en muchos letreros como aquel, la guerra no había terminado. Eastwood y Surte regresaban de una visita privada a una reserva de caballos en Kentucky y se dirigían a Nueva Orleans, donde Clint tenía compromisos de negocios. habían decidido tomar las carreteras secundarias, alejarse del bullicio, algo que a Iscewood siempre le había gustado. El restaurante llamado El rincón de Franklin parecía sacado de una película de época que nadie quería repetir.
Era una construcción de madera modesta con pintura blanca descascarillada por el sol y un porche con dos mecedoras vacías que chirriaban con el viento. El letrero escrito a mano con pintura negra desgastada era la declaración de principios más elocuente. Bruce Surte volvió a intentar disuadirlo. Piensa en los titulares Clint. Estrella de Hollywood provocando disturbios en Alabama. No es buena publicidad y además puede ser peligroso. Yo tengo la cámara, pero no es una escena que quiera filmar. Ewood, sin embargo, ya había abierto la portezuela.
A veces, Bruce, la publicidad no importa. A veces solo importa lo que está bien”, respondió ajustándose discretamente la chaqueta de mezclilla. No llevaba su famoso poncho ni la gabardina de Harry, pero su porte era igual de imponente. Al acercarse a la puerta podía ver a través del cristal el interior poco iluminado. Vio siluetas todas de hombres afroamericanos, algunas miradas que se volvían hacia la puerta con curiosidad inmediata. No había un solo rostro blanco en el establecimiento. Isbwood tomó aire, no por nerviosismo, sino con la determinación calmada de un hombre que se dispone a entrar a un escenario desconocido.
Su mano, la misma que empuñaba revólveres con letal precisión en el cine, empujó la puerta de madera. El sonido de una campanilla oxidada cortó el aire cargado del interior. Todas las conversaciones cesaron de golpe. En el rincón de Franklin había alrededor de una docena de hombres sentados en taburetes de la barra y en mesas de formica. Todos eran clientes afroamericanos, trabajadores con overoles manchados de grasa y tierra, que habían encontrado en ese lugar uno de los pocos refugios donde podían comer en paz, lejos de las miradas y las leyes no escritas del pueblo cercano.
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