Trabajé en casa de carlos salinas y lo que escuché en la cocina me marcó para siempre…

Trabajé en casa de carlos salinas y lo que escuché en la cocina me marcó para siempre…

No me iba a salir, no podía. Llegué a la dirección en Bosques de las Lomas a las 6:10. Era una propiedad aún más impresionante que la anterior. Muros altos, rejas de seguridad, cámaras por todos lados. Toqué el interfón. Una voz me pidió identificarme. Di mi nombre. La reja se abrió con un zumbido electrónico. Caminé por un sendero de piedra hasta la entrada principal. La puerta se abrió antes de que tocara. Era un hombre joven vestido de traje oscuro, con ese mismo audífono en la oreja que había visto en el otro hombre.

Guardaespaldas, pensé, o seguridad privada. Me indicó que lo siguiera. El interior era espectacular. Todo gritaba dinero y poder. Había obras de arte en las paredes que parecían originales. Alfombras persas, candelabros de cristal. Pasamos por una sala enorme, un comedor que podría sentar fácilmente a 20 personas hasta llegar a la cocina. Y ahí estaba ella, una mujer robusta de unos 60 años, cabello gris, recogido en un chongo apretado, delantal blanco impecable, expresión severa. Se presentó como chela. era la cocinera principal y yo trabajaría bajo sus órdenes.

Su tono no admitía réplica. Chela me observó de arriba a abajo, con esos ojos pequeños y penetrantes. Luego asintió como si hubiera pasado alguna inspección invisible. Me indicó que dejara mi maleta en un rincón. Luego comenzó a explicarme la rutina. Levantarse a las 5:30, estar en la cocina a las 6, preparar el desayuno para las 7, desayuno ligero, fruta, jugos naturales, pan tostado, café. Después limpiar toda el área de la cocina y el comedor. A las 10 preparar lo que fuera necesario para la comida del mediodía.

La comida se servía a las 12 en punto, nunca antes, nunca después. Luego limpiar de nuevo. Por la tarde preparar lo necesario para la cena, que podía variar dependiendo de si había visitas o no. La cena se servía entre 8 y 9. Me mostró dónde estaba todo. La alacena, enorme, llena de ingredientes de lujo que yo nunca había usado. El refrigerador industrial con tres compartimentos, los utensilios de cocina profesionales. Todo era de primera calidad. “Chela cocinaba”, me explicó.

Yo era su asistente. Picaría, lavaría, limpiaría, ayudaría con lo que ella me indicara y lo más importante, nunca saldría de la cocina o áreas de servicio a menos que me lo ordenaran específicamente. Luego vinieron más reglas. Nunca dirigir la palabra a los residentes o visitantes a menos que me hablaran primero. Si me preguntaban algo, responder con brevedad y volver inmediatamente al trabajo. Nunca mirar directamente a ciertas personas. Nunca quedarme en los pasillos o áreas comunes más tiempo del necesario.

Mantenerme invisible. Era como si no existiera. Me preguntó si había entendido todo. Asentí. Chela me indicó que comenzara lavando la fruta que estaba en una caja de madera. Eran mangos, papayas, fresas. Yo nunca había visto fresas tan perfectas, tan grandes. Las lavé con cuidado mientras Chela preparaba jugo de naranja recién exprimido. Trabajamos en silencio durante la siguiente hora. Chela no era de hacer conversación, solo daba órdenes breves y esperaba que se cumplieran con precisión. A las 7:05 ella colocó todo en una charola de plata, la fruta perfectamente cortada y acomodada, el jugo en una jarra de cristal, pan tostado, mermeladas en recipientes pequeños de porcelana, café en una cafetera francesa.

Era como una presentación de revista. Un hombre diferente, también de traje oscuro, entró a la cocina. Chela le entregó la charola. Él se la llevó sin decir palabra. Nos quedamos esperando. Chela me explicó en voz baja que nunca sabíamos cuántas personas desayunarían hasta que regresaban los platos. A veces era solo una persona, a veces tres o cuatro. Había que estar preparadas para cualquier escenario. 20 minutos después, el hombre regresó con la charola. Casi todo estaba intacto. Solo habían tomado café y un poco de fruta.

Chela ni se inmutó. Simplemente me indicó que tirara lo que no se había consumido y lavara todo. Desperdiciar comida de esa calidad me dolía, pero no dije nada. El resto de la mañana fue trabajo constante, limpiar, preparar, ordenar. Chela era exigente hasta el punto de ser cruel. Si algo no estaba perfecto, me hacía repetirlo. Una vez me gritó porque había dejado una gota de agua en el fregadero de acero inoxidable. Tuve que secarlo y pulirlo hasta que brillara como espejo.

Cerca del mediodía, mientras yo estaba picando verduras para la comida, escuché voces que venían del comedor. Eran voces masculinas, serias, hablando en tono bajo. No podía distinguir las palabras, pero el tono era de negocios, de asuntos importantes. Chela notó que había levantado la cabeza ligeramente en dirección al sonido. Me dio un golpe seco en el brazo con su cuchara de madera. Sigue trabajando”, me dijo. “Y nunca, nunca trates de escuchar lo que no te importa”. El mensaje era claro, pero ya era tarde.

La curiosidad había despertado en mí. Y en una casa como esa, la curiosidad era lo más peligroso que podías tener. A las 12 en punto, Chele había preparado un menú elaborado. Sopa de hongos, filete de pescado en salsa de alcaparras, ensalada, arroz blanco. Yo había ayudado con la preparación siguiendo sus instrucciones al pie de la letra. El mismo hombre de traje vino por la comida. Esta vez llevó dos charolas. Regresó 15 minutos después por una tercera. Había más gente de lo normal.

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