Pareja Desapareció en la Selva Amazonas — 6 Años Después Solo Uno Regresó con una TERRIBLE Historia

Pareja Desapareció en la Selva Amazonas — 6 Años Después Solo Uno Regresó con una TERRIBLE Historia

Isabela aprovechaba la luz dorada del atardecer para tomar fotografías de la vida cotidiana. Niños jugando fútbol en las calles de tierra, mujeres tejiendo hamacas en los porches de sus casas y los últimos rayos de sol filtrándose entre las palmeras que bordeaban el río. “Esta va a ser nuestra vida”, le susurraba Carlos al oído mientras observaban el río Amazonas desde el malecón con Brasil visible al otro lado del agua. Vamos a envejecer aquí.

Vamos a tener hijos que crezcan hablando español, portugués y ticuna. Vamos a ser parte de este lugar para siempre. Isabela sonreía y apoyaba su cabeza en el hombro de Carlos, sintiendo la brisa húmeda del río en su rostro. En esos momentos de perfecta tranquilidad, rodeados por los sonidos nocturnos de la selva que nunca dormía, era imposible imaginar que en pocos meses sus vidas cambiarían para siempre, de la manera más inesperada y terrible que cualquiera de ellos podría haber imaginado.

El 15 de octubre de 2017, Carlos despertó antes del amanecer con una mezcla de emoción y nerviosismo que no había experimentado desde sus primeros días en la Amazonía. Después de seis meses de planificación meticulosa, finalmente había obtenido todos los permisos necesarios para explorar una zona remota del río Putumayo, cerca de la frontera con Perú, donde, según datos satelitales, existía un tributario no documentado oficialmente que podría albergar especies endémicas únicas.

“¿Estás seguro de que es buena idea ir tan lejos?”, le preguntó Isabela mientras preparaba café en la pequeña cocina de su apartamento. La luz pálida del amanecer se filtraba por las ventanas, iluminando las cajas de equipo que habían organizado la noche anterior. Estaremos a 4 días de navegación del puesto de control más cercano.

Carlos revisó por décima vez su lista de verificación. Equipo de comunicación satelital, purificadores de agua, medicamentos antipalúdicos, herramientas de recolección científica, baterías adicionales para todo el equipo electrónico y provisiones para tres semanas. Precisamente por eso es importante ir”, respondió mientras verificaba que el GPS estuviera funcionando correctamente.

Si hay especies no documentadas ahí, podrían desaparecer antes de que alguien más las estudie. La deforestación se está acercando incluso a esas zonas remotas. Isabela había decidido acompañarlo después de mucho de liberar. Su editor en National Geographic había mostrado interés en una serie fotográfica sobre los últimos rincones vírgenes del Amazonas y esta expedición representaba una oportunidad única para capturar imágenes de lugares donde posiblemente ningún fotógrafo profesional había estado antes. Además, le había dicho a

Carlos la semana anterior, “No voy a dejarte ir solo a un lugar tan remoto. Si algo te pasa, quiero estar ahí contigo. A las 6:30 a, don Mauricio Teira, un experimentado navegante brasileño de 54 años que había trabajado con varios equipos de investigación internacional, llegó al puerto fluvial con su embarcación.

El kurumim era una lancha de aluminio de 8 m, especialmente adaptada para navegación en aguas poco profundas, equipada con un motor fuera de borda Yamaha de 40 HP y un motor auxiliar de respaldo. Doctorcito, le gritó a Carlos desde el muelle, usando el apodo cariñoso que le había puesto desde su primer viaje juntos. El río está perfecto hoy, ni muy alto ni muy bajo. Es buen día para viajar.

Don Mauricio conocía el sistema fluvial de la región como la palma de su mano. Había nacido en una comunidad ribereña en el lado brasileño y llevaba más de 35 años navegando estos ríos. Su conocimiento sobre corrientes, bancos de arena y rutas seguras era legendario entre los investigadores que trabajaban en la zona.

Con Mauricio no hay problema. Había tranquilizado Carlos a Isabela. Él conoce cada curva del río.Si él dice que podemos llegar, podemos llegar. El viaje inicial transcurrió sin contratiempos. Durante los primeros dos días navegaron por rutas conocidas, durmiendo en hamacas bajo toldos improvisados en playas de arena que emergían en la época de aguas bajas.

Isabel la documentó todo. Las formaciones rocosas, curiosas, las bandadas de loros que cruzaban el río al atardecer y los ojos brillantes de los caimanes que se asomaban en las orillas durante la noche. Carlos recolectaba muestras de agua cada pocas horas, midiendo parámetros como pH, oxígeno disuelto y temperatura.

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