La relación entre ellas también creció. Doña Lupita empezó a invitar a Mariana a tomar té los sábados. A veces jugaban lotería. A veces solo platicaban. En poco tiempo, Mariana empezó a ocupar un espacio en el departamento como si siempre hubiera pertenecido ahí. Y doña Lupita, que había conocido demasiada soledad disfrazada de independencia, la quiso como se quiere a quien llega sin ruido y sin embargo llena una casa entera.
Un viernes por la tarde, Mauricio encontró a Mariana llorando en la banca.
No preguntó de inmediato. Se sentó a su lado y esperó.
—Hoy es el cumpleaños de mi mamá —dijo ella al fin, con la voz rota—. Cinco años y todavía hay días en que me duele como si hubiera sido ayer.
Mauricio tomó su mano.
—Lo sé.
Ella giró la cabeza, sorprendida.
—¿Lo sabes?
—Perdí a mi papá hace quince años. El tiempo no borra. Solo cambia el lugar del dolor.
Mariana apretó su mano y lloró un poco más, pero ya no sola.
Fue esa tarde, mientras el cielo se pintaba de naranja y morado sobre la plaza, cuando Mauricio entendió que ya no quería seguir encontrándola “por casualidad”. Que no quería solo sus conversaciones, ni su compañía, ni su forma de traerlo de vuelta al mundo. Quería a Mariana en su vida entera.
Dos días después le pidió que caminaran con él hasta Coyoacán, al barrio donde creció.
Anduvieron entre calles empedradas, casas antiguas y vendedores de nieves. Rieron. Comieron quesadillas en un puesto. Se sentaron en una plazuela pequeña que le recordó la primera.
—¿Sabes qué me asusta? —dijo Mauricio de pronto.
—¿Qué?
—Que esto sea demasiado bueno y se me vaya.
Mariana lo miró largamente. Luego le acarició la mejilla con la yema de los dedos.
—No todo lo bueno se va. A veces se queda… si uno se atreve a cuidarlo.
Entonces él la besó.
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